
Nunca fue un niño atractivo, ni destacó por algún logro específico, no tuvo jamás algún poder sobrenatural, ni estuvo en el centro de las miradas o en la cabecera de una mesa, no fue deportista, menos cantante, si bien fue inteligente, la sociedad no acogió su manera de pensar como algo “normal”, a decir verdad, poseía un solo talento, el cual consistió en el don del arte, su vida estuvo marcada por la creatividad que le otorgó un lápiz y un trozo de papel y sin duda, un joven como él recibió toda su vida un trato frígido, que era de esperar, pues nadie trató de entender su forma de expresar y captar la esencia humana. Cómo comprenderlo; si tras sus ojos negros como la noche, todo era diferente; con una mirada, él veía en las almas de las personas y dibujaba como cual garabato hace un inexperto, él lo hacía con rostros, torsos, brazos, piernas, cuerpos enteros, árboles, aves, peces y cuanto ser viviente que alguna vez alcanzó a captar su visión. Curiosamente su don maravilloso, jamás lo compartió con el mundo; aunque hubiese querido no le habría sido posible por el hecho de no decir palabra alguna, en efecto, jamás habló no por ser mudo, pues alguna vez se le escuchó haciendo sonidos, pero nunca hablar, quién sabe si por capricho o quizás no aprendió a hablar…pero de su boca no salían palabras. Esto fue un gran motivo, por el cual fue rechazado por sus semejantes y mantenido al margen de la juventud alocada e inconsciente, le fue difícil conocer gente o confiar en algún chiquillo sensato que le prestase un hombro en sus penas, mas el pareció no necesitar de nada de eso, tal vez nunca tuvo sentimientos, o a lo mejor no era humano; “enfermo” pronunciaba la gente sentenciosa, cuando comentaba de su forma de ser, por supuesto él nunca supo lo que decían los demás, no directamente por lo menos, pero en el fondo el sentía como le miraban y pudo leerlo en los ojos de la muchedumbre, en más de una ocasión…era un raro, un “enfermo”.
Como a todo ser humano, su exilio de la sociedad, no le fue indiferente, aun así en su rostro jamás se vio lágrima o mueca de tristeza, no obstante su dolor se llevaba por dentro, nunca se le vio incómodo, pero nadie podía verlo por las noches, cuando daba rienda suelta a su creatividad, era su mejor momento para dejar volar sus manos a ras de una hoja de papel; y en ella se plasmaba sus pensamientos más profundos e intensos… fue evidente para el más obtuso de los testigos, que a través de sus dibujos, él emitía una lágrima de pena o, de felicidad; muchas de sus obras no tenían forma definida o márgenes para guiarse, en muchos de sus dibujos, hubiese sido improbable hallar alguna cosa existente, sin embargo, eran sentimientos y quien los hubiese visto, los habría notado con sólo repasar con un dedo por sobre aquellas muescas, que él daba alma a cada creación, cada línea de carboncillo difuminado, que cobraba vida con verse completa. Papel y lápiz, era lo que necesitaba en aquellas noches de exiguo sueño, pues la luna era su testigo fiel, cada noche en que el cuerpo blanco y a veces azulino, circundaba el firmamento, era para ver la nueva creación de su insomne admirador, ya que este joven tenía un amor, un amor imposible, un amor intermitente y distante, un amor cambiante pero influyente; que loco sino llegó a encontrar a un joven de ojos tristes y negros, que nunca habló palabra alguna, con la inspiración de tantos poetas y artistas. Era la luna el amor más intenso de este joven, que al verla, se volvía un niño…quizás sus creaciones, sus almas de papel, eran regalo eterno que este joven daba a su amada cada noche, pues constante y puntual sus obras nacían para cuando el azul gélido entraba por su ventana hasta traspasar al recóndito rincón en que se posaba un lienzo virginal y solemne…y quizás, también, fue esta la razón por la cual el joven dejó de dormir noche a noche, en amasijo con la soledad que le asedió, por culpa de quienes nunca le entendieron, hasta el punto de capturar su libertad; quedando confinado en las, ajadas paredes de su habitación que lloraban pintura seca y manchaban de humedad y hongos, que se deslizaban, como tapete por los pisos de madera podrida y desgarrada en los cinco metros cuadrados que le otorgaba, un hogar, alejado de las miradas flagelantes y de los comentarios venenosos que emitía la morbosidad humana; “pobre criatura de ojos negros y cabellos azabache, ¿qué cruel locura esquizofrénica le llevó a enjaularse en una habitación, sin dormir, ni comer?” decían quienes se llenaban la boca a expensas del daño irreparable que habían causado en una niñez inocente y distinta que sufrió el golpe y el insulto de un progenitor amoral, intoxicado por el brebaje asesino de cierta bebida que en muchas ocasiones lo persuadió a creer que la gestación cruda que, posteriormente, llevó al descanso eterno de su esposa, quien dio la vida por saber que su hijo abriría sus ojos negros a cambio de cerrar los suyos, era culpa única y exclusiva del bebé que crecía en su casa…”el halcón que viste plumaje negro, no es más que un cuervo y los cuervos, algún día, sacarán los ojos de quien los cría”-solía decir su padre…”perro con piel escarbada y reseca, no es más que un animal agonizante”-solía decir la gente…ninguna palabra emitía la luna, al igual que él se mantenía en silencio, quizás por eso el llegó a amarle. Toda su vida fue tan fugaz y desapercibida, que nadie lo extrañó cierta noche en la que; la falta de sueño y el hambre le trajo serios problemas, en esa ocasión cuando desmayó y cedió su cuerpo ante la desnutrición y el insomnio. Tres años padeció los efectos de la inanición, que lo introdujo a un coma. Era paradójico verlo dormir tan plácidamente, como si descansara por todo el tiempo que se mantuvo despierto, quien sabe si fueron meses, o semanas enteras en las que se privó de dormir y alimentarse.
Cierta noche, en aquella habitación de hospital, recorrió por las paredes asépticas el fulgor celeste y blanquecino, como agua de glaciar. Que nacía en la ventana sin cortinas atravesando hasta el extremo opuesto donde se hallaba un lecho, que suspendía al joven de cabellos azabache, quien permanecía con sus ojos cerrados y con su piel blanca como la nieve, producto de la hipovolemia que padecía. Aun así, casi milagroso fue cuando aquella luz de aspecto divina se posó en aquel rostro anémico, que pintó en el rostro del joven una dulce mueca de alivio, posteriormente sus ojos se abrieron, mostrando su usual negro penetrante. Hermoso cuadro para sus obras pudo haber sido este… sus ojos se abrieron como quien ve por primera vez el mundo con ojos intensos, y curiosos, la luna le había devuelto la vida…quizás.
Incontestablemente ningún médico pudo explicar este hecho, más bien, ni siquiera se esforzaron en hacerlo, nunca fue tema de controversia, ya que nadie se hubiera preocupado lo suficiente por él, como para darle una explicación a un tema que lo involucrase. Fueron los días y el joven debió volver a su hogar, a su gélido hogar, nada parecía haber cambiado en él, o quizás sí había cambiado todo; tocó la puerta de entrada pues fue su costumbre, para así ver aunque fuese una vez, a ese hombre de cabellos blancos y expresión amenazante levantar su obesa figura del sofá para atenderle, a fin de cuentas era su padre con o contra su voluntad. Tocó nuevamente, pues sintió que se tardó más de lo habitual, estuvo fuera hasta que el frío intermitente le obligó a sacar la llave que siempre portaba dentro de sus bolsillos, obviamente tocaba la puerta para molestar a su padre, entró y algo no estaba bien…su padre no estaba, era raro, pero no le dio gran importancia, a fin de cuentas han pasado tres años, nada podía asegurarle que siguiera vivo. Nunca se preocupó su padre por él, no veía éste, razón para alarmarse por cualquier cosa que hiciera aquel hombre, o le pasara.
Sintió que algo le recorría por su cuerpo adolescente pero poco lúcido, miró sus manos anémicas y blancas…comprendió muy bien, algo le incitaba a tomar un lápiz, el sabía que era esa sensación: un sentimiento recorría su ser, debía expresarlo, como siempre lo hizo, cogió su viejo carboncillo objeto tan preciado, como el diamante más raro fue siempre para él, este objeto cotidiano. No hallaba papel donde esparcir sus emociones, pero no sintió pánico, miró con ojos traviesos la vieja pared del comedor tan pura y plana, le hizo sentir los deseos inconmensurables de expresarse ahí mismo, sacó todo cuerpo que entorpeciera su labor y se dispuso a romper su silencio subjetivo, como siempre lo hizo…
algo andaba mal; sus manos, temblaban cinéticamente, no podía mantenerlas quietas en el momento más preciado para un artista, que es el instante antes de dibujar, cuando el lápiz guiado por una mano perita aguarda seducir el lienzo, con quietud, con tranquilidad, con firmeza…su mano no podía estar estática. Había deteriorado su pulso, su precisión se había destrozado en algún momento, en que estuvo desfallecido. No se abatió por esta efímera razón, pues sentía su ser quemándose por deseos de expresar y continuó dibujando. Una vez acabado su dibujo, echó un vistazo al fruto de la expresión; y sintió su estómago revolverse en lo más íntimo, su rostro blanco como el arroz, mostró una mueca de desagrado y repulsión, sus ojos negros expresaban el odio mismo, miró su dibujo una vez más y le fue inadmisible mantenerlo por más tiempo allí, era ofensivo ver su obra mal lograda. Para cualquier otro no abría sido distinto aquello de lo que muchas veces hizo en el pasado, mas faltaba algo en ese pedazo de expresión; sentimiento. El joven buscó por toda la casa algo que le aliviara de la desdicha que le otorgaba aquel mural nefasto y halló un recipiente con pintura, blanca como su piel; que vertió rápidamente en la pared para acabar por siempre con su creación sin sentido, ni alma…por la ventana en su costado derecho la luna presenció todo. Y el notó la figura de su amada, quien lo miraba en cada momento, mayor razón para sentir una profunda vergüenza por su dibujo tan frívolo y morboso…decidió dormir, quizás esa noche no fue para amar, ni sentir.
Un nuevo día despuntaba en el horizonte, y el joven sentía su creatividad disminuyendo, nunca le gustó el día, pues lo deprimía por su claridad, pero jamás creyó que le restaba creatividad o le privaba de inspiración; fue así como se dispuso a dibujar, tenía la motivación de sus hojas recién compradas que le generarían gratos momentos en los que plasmaría, una vez más, sus criaturas con alma y sentimientos. Fue una larga tarde, de hojas tiradas y desechadas, de creaciones arrugadas, de cuadros insípidos y sin sentido, su perseverancia fue superada, ampliamente por los malos momentos que pasó sin conseguir un dibujo perfecto, como solían ser… su inconformismo se volvió verdugo de su paciencia y arreció la noche, cuando su amada luna apareció, majestuosa como de costumbre, e iluminando cada rincón de la habitación del joven…nuevamente este doncel se volvía niño al estar en sus brazos resplandecientes, pero sentía que la luna le estaba dejando, cada noche desde que perdió su don, la luna parecía alejarse de él, o al menos así lo veía el joven desde sus penetrantes ojos negros que, ya no brillaban, ni tampoco conseguían captar la esencia de los seres vivos ni de sus propios sentimientos. Así pasaron los meses, meses en los cuales el mozo olvidó comer, una vez más…el sueño empezó a ausentarse de su rutina nocturna, otra vez. Ya no gastaba la noche dibujando para su amada, ni dejando tributo constante en retribución por su belleza, sino que veía con mirada penosa, como ésta cada noche, estaba más lejana y parecía ya ni siquiera prestarle atención…todo esto a través de sus ojos negros que se ocultaban, a momentos, tras sus cabellos azabaches.
Cierta noche el joven comprendió, la luna le estaba dejando, lenta y dolorosamente, cada instante de ignorancia le parecía una puñalada propiciada por una daga de hielo, que recorría cada vena de su cuerpo blanco como el papel, en que alguna vez dibujó los más hermosos sentimientos…no daba más con el insomnio, y el hambre le amenazaba de inanición, reiteradamente; pero que más quedaba, si había perdido el amor de quien más lo amó y le entendió, a pesar de no decir ninguna palabra…
Los muros de esa vieja casa se deterioraban más y más, al igual que la salud del joven, a quien la anemia, ya no le permitía salir de casa, largas siestas tomaba durante las tardes soleadas; soñaba ciertas veces, cuando ofrecía sus creaciones a su luna, suya y de nadie más, y pensaba en que jamás pudo tocarle, lo peor fue darse cuenta que no le pudo acariciar de ninguna forma ni física ni oníricamente; fue su triste maldición saber que nunca volvería a dibujar, o más bien, a captar un alma o un sentimiento. Pero peor fue darse cuenta que su amada, la única que le hizo sentir el verdadero amor, jamás estaría a su alcance, no podría tocarla jamás, y nunca pudo hacerlo…ya ni el placer de un sueño seductor le acogía en anhelos de una circunstancia improbable, sólo este pesar macabro, transformó cualquiera de sus sueños en pesadillas.
Cierta tarde de otoño, sentado en el piso del comedor de su entumecido hogar, sus ojos negros y penetrantes perdieron el brillo modesto e inocente, por última vez. Sus cabellos negro azabache, sucios y opacos por no haberse lavado en meses, parecían callar su flujo azul como quien apaga una vela, y su piel anémica no perdió su color, sin embargo se enfrió volviéndose álgida como el hogar que siempre le sirvió de guarida…
Quizás ahora este joven anémico, pueda alcanzar la luna en sus sueños de descanso eterno, sin ser llamado “loco” por la paranoia esquizofrénica que le atacó durante su infausta vida. Mientras su cuerpo imperturbable yace en los suelos, frente a la ventana, de un hogar triste y deprimido…pero su alma estará siempre intentando tocar a su amada luna.
Como a todo ser humano, su exilio de la sociedad, no le fue indiferente, aun así en su rostro jamás se vio lágrima o mueca de tristeza, no obstante su dolor se llevaba por dentro, nunca se le vio incómodo, pero nadie podía verlo por las noches, cuando daba rienda suelta a su creatividad, era su mejor momento para dejar volar sus manos a ras de una hoja de papel; y en ella se plasmaba sus pensamientos más profundos e intensos… fue evidente para el más obtuso de los testigos, que a través de sus dibujos, él emitía una lágrima de pena o, de felicidad; muchas de sus obras no tenían forma definida o márgenes para guiarse, en muchos de sus dibujos, hubiese sido improbable hallar alguna cosa existente, sin embargo, eran sentimientos y quien los hubiese visto, los habría notado con sólo repasar con un dedo por sobre aquellas muescas, que él daba alma a cada creación, cada línea de carboncillo difuminado, que cobraba vida con verse completa. Papel y lápiz, era lo que necesitaba en aquellas noches de exiguo sueño, pues la luna era su testigo fiel, cada noche en que el cuerpo blanco y a veces azulino, circundaba el firmamento, era para ver la nueva creación de su insomne admirador, ya que este joven tenía un amor, un amor imposible, un amor intermitente y distante, un amor cambiante pero influyente; que loco sino llegó a encontrar a un joven de ojos tristes y negros, que nunca habló palabra alguna, con la inspiración de tantos poetas y artistas. Era la luna el amor más intenso de este joven, que al verla, se volvía un niño…quizás sus creaciones, sus almas de papel, eran regalo eterno que este joven daba a su amada cada noche, pues constante y puntual sus obras nacían para cuando el azul gélido entraba por su ventana hasta traspasar al recóndito rincón en que se posaba un lienzo virginal y solemne…y quizás, también, fue esta la razón por la cual el joven dejó de dormir noche a noche, en amasijo con la soledad que le asedió, por culpa de quienes nunca le entendieron, hasta el punto de capturar su libertad; quedando confinado en las, ajadas paredes de su habitación que lloraban pintura seca y manchaban de humedad y hongos, que se deslizaban, como tapete por los pisos de madera podrida y desgarrada en los cinco metros cuadrados que le otorgaba, un hogar, alejado de las miradas flagelantes y de los comentarios venenosos que emitía la morbosidad humana; “pobre criatura de ojos negros y cabellos azabache, ¿qué cruel locura esquizofrénica le llevó a enjaularse en una habitación, sin dormir, ni comer?” decían quienes se llenaban la boca a expensas del daño irreparable que habían causado en una niñez inocente y distinta que sufrió el golpe y el insulto de un progenitor amoral, intoxicado por el brebaje asesino de cierta bebida que en muchas ocasiones lo persuadió a creer que la gestación cruda que, posteriormente, llevó al descanso eterno de su esposa, quien dio la vida por saber que su hijo abriría sus ojos negros a cambio de cerrar los suyos, era culpa única y exclusiva del bebé que crecía en su casa…”el halcón que viste plumaje negro, no es más que un cuervo y los cuervos, algún día, sacarán los ojos de quien los cría”-solía decir su padre…”perro con piel escarbada y reseca, no es más que un animal agonizante”-solía decir la gente…ninguna palabra emitía la luna, al igual que él se mantenía en silencio, quizás por eso el llegó a amarle. Toda su vida fue tan fugaz y desapercibida, que nadie lo extrañó cierta noche en la que; la falta de sueño y el hambre le trajo serios problemas, en esa ocasión cuando desmayó y cedió su cuerpo ante la desnutrición y el insomnio. Tres años padeció los efectos de la inanición, que lo introdujo a un coma. Era paradójico verlo dormir tan plácidamente, como si descansara por todo el tiempo que se mantuvo despierto, quien sabe si fueron meses, o semanas enteras en las que se privó de dormir y alimentarse.
Cierta noche, en aquella habitación de hospital, recorrió por las paredes asépticas el fulgor celeste y blanquecino, como agua de glaciar. Que nacía en la ventana sin cortinas atravesando hasta el extremo opuesto donde se hallaba un lecho, que suspendía al joven de cabellos azabache, quien permanecía con sus ojos cerrados y con su piel blanca como la nieve, producto de la hipovolemia que padecía. Aun así, casi milagroso fue cuando aquella luz de aspecto divina se posó en aquel rostro anémico, que pintó en el rostro del joven una dulce mueca de alivio, posteriormente sus ojos se abrieron, mostrando su usual negro penetrante. Hermoso cuadro para sus obras pudo haber sido este… sus ojos se abrieron como quien ve por primera vez el mundo con ojos intensos, y curiosos, la luna le había devuelto la vida…quizás.
Incontestablemente ningún médico pudo explicar este hecho, más bien, ni siquiera se esforzaron en hacerlo, nunca fue tema de controversia, ya que nadie se hubiera preocupado lo suficiente por él, como para darle una explicación a un tema que lo involucrase. Fueron los días y el joven debió volver a su hogar, a su gélido hogar, nada parecía haber cambiado en él, o quizás sí había cambiado todo; tocó la puerta de entrada pues fue su costumbre, para así ver aunque fuese una vez, a ese hombre de cabellos blancos y expresión amenazante levantar su obesa figura del sofá para atenderle, a fin de cuentas era su padre con o contra su voluntad. Tocó nuevamente, pues sintió que se tardó más de lo habitual, estuvo fuera hasta que el frío intermitente le obligó a sacar la llave que siempre portaba dentro de sus bolsillos, obviamente tocaba la puerta para molestar a su padre, entró y algo no estaba bien…su padre no estaba, era raro, pero no le dio gran importancia, a fin de cuentas han pasado tres años, nada podía asegurarle que siguiera vivo. Nunca se preocupó su padre por él, no veía éste, razón para alarmarse por cualquier cosa que hiciera aquel hombre, o le pasara.
Sintió que algo le recorría por su cuerpo adolescente pero poco lúcido, miró sus manos anémicas y blancas…comprendió muy bien, algo le incitaba a tomar un lápiz, el sabía que era esa sensación: un sentimiento recorría su ser, debía expresarlo, como siempre lo hizo, cogió su viejo carboncillo objeto tan preciado, como el diamante más raro fue siempre para él, este objeto cotidiano. No hallaba papel donde esparcir sus emociones, pero no sintió pánico, miró con ojos traviesos la vieja pared del comedor tan pura y plana, le hizo sentir los deseos inconmensurables de expresarse ahí mismo, sacó todo cuerpo que entorpeciera su labor y se dispuso a romper su silencio subjetivo, como siempre lo hizo…
algo andaba mal; sus manos, temblaban cinéticamente, no podía mantenerlas quietas en el momento más preciado para un artista, que es el instante antes de dibujar, cuando el lápiz guiado por una mano perita aguarda seducir el lienzo, con quietud, con tranquilidad, con firmeza…su mano no podía estar estática. Había deteriorado su pulso, su precisión se había destrozado en algún momento, en que estuvo desfallecido. No se abatió por esta efímera razón, pues sentía su ser quemándose por deseos de expresar y continuó dibujando. Una vez acabado su dibujo, echó un vistazo al fruto de la expresión; y sintió su estómago revolverse en lo más íntimo, su rostro blanco como el arroz, mostró una mueca de desagrado y repulsión, sus ojos negros expresaban el odio mismo, miró su dibujo una vez más y le fue inadmisible mantenerlo por más tiempo allí, era ofensivo ver su obra mal lograda. Para cualquier otro no abría sido distinto aquello de lo que muchas veces hizo en el pasado, mas faltaba algo en ese pedazo de expresión; sentimiento. El joven buscó por toda la casa algo que le aliviara de la desdicha que le otorgaba aquel mural nefasto y halló un recipiente con pintura, blanca como su piel; que vertió rápidamente en la pared para acabar por siempre con su creación sin sentido, ni alma…por la ventana en su costado derecho la luna presenció todo. Y el notó la figura de su amada, quien lo miraba en cada momento, mayor razón para sentir una profunda vergüenza por su dibujo tan frívolo y morboso…decidió dormir, quizás esa noche no fue para amar, ni sentir.
Un nuevo día despuntaba en el horizonte, y el joven sentía su creatividad disminuyendo, nunca le gustó el día, pues lo deprimía por su claridad, pero jamás creyó que le restaba creatividad o le privaba de inspiración; fue así como se dispuso a dibujar, tenía la motivación de sus hojas recién compradas que le generarían gratos momentos en los que plasmaría, una vez más, sus criaturas con alma y sentimientos. Fue una larga tarde, de hojas tiradas y desechadas, de creaciones arrugadas, de cuadros insípidos y sin sentido, su perseverancia fue superada, ampliamente por los malos momentos que pasó sin conseguir un dibujo perfecto, como solían ser… su inconformismo se volvió verdugo de su paciencia y arreció la noche, cuando su amada luna apareció, majestuosa como de costumbre, e iluminando cada rincón de la habitación del joven…nuevamente este doncel se volvía niño al estar en sus brazos resplandecientes, pero sentía que la luna le estaba dejando, cada noche desde que perdió su don, la luna parecía alejarse de él, o al menos así lo veía el joven desde sus penetrantes ojos negros que, ya no brillaban, ni tampoco conseguían captar la esencia de los seres vivos ni de sus propios sentimientos. Así pasaron los meses, meses en los cuales el mozo olvidó comer, una vez más…el sueño empezó a ausentarse de su rutina nocturna, otra vez. Ya no gastaba la noche dibujando para su amada, ni dejando tributo constante en retribución por su belleza, sino que veía con mirada penosa, como ésta cada noche, estaba más lejana y parecía ya ni siquiera prestarle atención…todo esto a través de sus ojos negros que se ocultaban, a momentos, tras sus cabellos azabaches.
Cierta noche el joven comprendió, la luna le estaba dejando, lenta y dolorosamente, cada instante de ignorancia le parecía una puñalada propiciada por una daga de hielo, que recorría cada vena de su cuerpo blanco como el papel, en que alguna vez dibujó los más hermosos sentimientos…no daba más con el insomnio, y el hambre le amenazaba de inanición, reiteradamente; pero que más quedaba, si había perdido el amor de quien más lo amó y le entendió, a pesar de no decir ninguna palabra…
Los muros de esa vieja casa se deterioraban más y más, al igual que la salud del joven, a quien la anemia, ya no le permitía salir de casa, largas siestas tomaba durante las tardes soleadas; soñaba ciertas veces, cuando ofrecía sus creaciones a su luna, suya y de nadie más, y pensaba en que jamás pudo tocarle, lo peor fue darse cuenta que no le pudo acariciar de ninguna forma ni física ni oníricamente; fue su triste maldición saber que nunca volvería a dibujar, o más bien, a captar un alma o un sentimiento. Pero peor fue darse cuenta que su amada, la única que le hizo sentir el verdadero amor, jamás estaría a su alcance, no podría tocarla jamás, y nunca pudo hacerlo…ya ni el placer de un sueño seductor le acogía en anhelos de una circunstancia improbable, sólo este pesar macabro, transformó cualquiera de sus sueños en pesadillas.
Cierta tarde de otoño, sentado en el piso del comedor de su entumecido hogar, sus ojos negros y penetrantes perdieron el brillo modesto e inocente, por última vez. Sus cabellos negro azabache, sucios y opacos por no haberse lavado en meses, parecían callar su flujo azul como quien apaga una vela, y su piel anémica no perdió su color, sin embargo se enfrió volviéndose álgida como el hogar que siempre le sirvió de guarida…
Quizás ahora este joven anémico, pueda alcanzar la luna en sus sueños de descanso eterno, sin ser llamado “loco” por la paranoia esquizofrénica que le atacó durante su infausta vida. Mientras su cuerpo imperturbable yace en los suelos, frente a la ventana, de un hogar triste y deprimido…pero su alma estará siempre intentando tocar a su amada luna.